Di que no.

Yo tenía 10 u 11 años, no me acuerdo bien. Me habían cogido en la escuela de golf, donde nos preparaban para los campeonatos nacionales y demás torneos. Además de dar clases varios días por semana después del cole, teníamos una liguilla organizada por la federación para jugar entre nosotros y otros clubes. 18 hoyos sábado y 18 el domingo.

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Aquel día me tocaba una partida con una bestia de hándicap bajísimo y autoestima apabullante, que hacían que el resto de amateurs nos replegáramos ante su temible drive: te volvías diminuta, se te cortaba la respiración, dejabas de existir.

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Yo no pensaba en una derrota. Por entonces era muy peliculera y visualizaba mucho las situaciones (desgraciadamente lo sigo haciendo), y me veía saliendo a hombros con el resto de compañeros, aupada entre vítores y laureles, habiendo aplastado a mi adversario.

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Estaba dispuesta a darlo todo. Había practicado mucho, era buena jugadora, tenía más hádicap y por tanto más puntos de ventaja. No tenía nada que perder.

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Cuando llegamos al tee del 1, mi entonces rival me dijo “¿Por qué no pasamos de jugar y nos inventamos la puntuación de la tarjeta? Como está claro que voy a ganar yo, nos ahorramos la partida y nos vamos a la piscina”

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Antes de cometer aquel pecado mortal que me persigue desde entonces, tuve un fogonazo de decirle lo que de verdad pensaba: “me estás pidiendo que haga trampa y yo no funciono así. Te estás equivocando conmigo. Detesto a la gente que hace este tipo de cosas y no quiero ser una de ellas. No tienes ni idea de lo que me supone hacer eso”

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Cuando recuerdo aquel capítulo todavía me revuelvo. Lo que me enciende no es haber permitido que falseara el recorrido y el resultado, sino el haber guardado mi opinión sobre aquella falacia, porque lo cierto era que yo sí quería jugar y, por qué no, ganar. Siempre me arrepentiré de haber sido cobarde por no decir lo que pensaba y lerda por no haber sugerido o negociado ser yo la ganadora, ya puestos a cometer el error.

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Está claro que en el deporte y en la vida siempre hay tramposos. Jetas que se quitan golpes y se creen que no te enteras porque no dices nada. En la empresa, si te la pueden meter te la meten doblada. En el amor, si te pueden engañar te engañan.  Tenemos que escuchar impertinencias que hay que dejar pasar por educación. Los que sentencian sin tener ni idea de nada. Abuso, aprovechamiento… Y muchos de nosotros los conniventes con toda esa mi**da.

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Lo bueno de aquella penosa experiencia es que detecto ese tipo de perfiles a la legua, y cuando alguien empieza a desprender visos de desfachatez, en vez de alejarme callada y horrorizada (sin justificarme por ello), sorprendentemente algo se activa dentro de mí. Empiezo a sentir inquietud y ansiedad si no digo algo: el corazón me va a 1000, siento mareos, rechazo, asco. Vuelvo a tener 10 años y a satisfacer la necesidad de expresar lo que no hice en su día: de enfrentarme a este tipo de gente (por mucho que me incomode y me suponga un reto hacerlo), de dejar de hacerme la tonta. Pero sobre todo, de no dejarme perder, cuando sé perfectamente que puedo ganar.

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