Darya Von Berner. Veámonos desde fuera

El estudio de Darya resulta una inesperada amalgama vanguardista perfectamente integrada en el decimonónico Madrid de los Austrias. Un contraste maravilloso si miramos en el interior, donde nos encontramos una colgadura rosa confeccionada con billetes de metro –diez mil historias cosidas en un tapiz– o una chaise long realizada con cuarenta alarmas de Securitas Direct “como reflejo de esa sociedad del pánico que gasta tanto dinero en alarmas, para desdramatizar y reírnos un poco del miedo”.
También nos fijamos en varias reproducciones que se encuentran en la sala donde tiene lugar la entrevista: La fuente de Duchamp, El hombre que camina de Giacometti, o El pájaro de Brancusi, realizados con bolsas de basura y cintas de casette recicladas, que forman parte de la serie Art or not, en la que la artista explora los límites de la definición de arte: “algo rompe la convención y entonces es reconocido por la institución, que dice que sí, que eso es arte”, nos explica.

El apellido Von Berner delata su ascendencia alemana, pero Darya nació y vivió en México hasta los diecisiete años, cuando se traslada a vivir Madrid. Sus raíces familiares tienen un gran calado artístico y social, ya que su bisabuela, Mercedes Pinto, fue una dramaturga, oradora y periodista española muy conocida por sus actividades políticas, sus ideas feministas y por una polémica conferencia: El divorcio como medida higiénica, que en 1926 le supuso el exilio. Más tarde, Buñuel se inspiraría en su novela, Él, que recoge la terrible y conmovedora experiencia de ese primer  matrimonio  “con un hombre paranoico”. Darya recupera la figura de su antepasada para hablarnos de esos modelos de mujer que han roto convenciones y en los que se ha mirado a lo largo de su carrera.

Darya no estudió Bellas Artes, sino que realizó unos talleres de Arte Actual creados por Lucios Muñoz y otros miembros de la junta directiva del Círculo y posteriormente completó su formación con artistas consagrados como Antonio López, Eduardo Arroyo, Navarro Baldeweg, Guillermo Pérez Villalba y otros en el extranjero como Cucchi, Wolf Vostell, Janis Kounellis o Tony Cragg: “Cada uno veía la realidad de una forma distinta pero tenían esta obsesión de comprender algo en concreto”.

Esta idea de ver ha sido una constante en su trabajo; ese mirar no tanto el cuadro, sino la oportunidad de estar mirando hacia fuera. Con Antonio López descubrió que, con el pretexto del cuadro, tenía todo el permiso del mundo para ver y estar ahí. “Solemos pensar que el lienzo es la tela, pero el lienzo es el mundo. La actitud creativa está en todo lo que nos rodea, hasta en la ropa que te pones, va mucho más allá del lienzo. Esto me ha permitido ir cambiando de convenciones”. Entre sus años de formación nos cuenta su experiencia con Milton Glaser en School Visual Arts de Nueva York, y sus métodos de enseñanza mediante ejercicios psicológicos algo radicales, “una prueba consistió en describir cada minuto de un día feliz de tu vida dentro de cinco años –se ríe–; imagínate”.

Darya trabajó en publicidad hasta que en el 84 comienza su proyección como artista recibiendo varios premios y becas, como la otorgada por la Academia Española de Bellas Artes con la que se estableció en Italia y empezó a trabajar a nivel europeo.

De esa obsesión por ver han nacido la mayoría de sus obras, como 68 mirillas, ubicada en el piso donde tuvo lugar la exposición Doméstico–realizada por  Giulietta Speranza, Andrés Mengs y Virginia Torrent –, donde instaló sesenta y ocho mirillas en el exterior de una puerta, colocadas de manera que el público podía ver lo que ocurría en el interior de la casa (aquí vive ahora la artista Diana Larrea). Además, incluía un kit para cambiar el mundo:  “cuando las cosas se transgreden con mucho respeto, al final acaban teniendo una belleza que, aunque la gente al principio se resista, terminan convirtiéndolas en icono, como se ha convertido esto”.

Reflexionando sobre su obra, vemos un hilo común en la creación de atmósferas, ya sean esculturas, pinturas, instalaciones, óperas o performance. Esto ocurre en La Nube, en la que la artista interviene espacios públicos emblemáticos como la Puerta de Alcalá y la Mezquita de Córdoba, creando una sensación tecnológica nebulosa con agua pulverizada y partículas suspendidas en el aire para que el espectador pueda experimentar un fenómeno natural en pleno corazón de la ciudad. Nos explica que la creación de una atmósfera es fundamental, “ya que toda acción humana en un espacio tiene una parte de performance”, aludiendo en varios momentos de nuestra conversación a esa aportación que todos hacemos a la cultura, ya que la mirada y la respuesta del otro, si estás atento, siempre te va a decir algo diferente.

Esto es lo que ocurre en su serie Selfi, producida para la antigua cámara frigorífica del antiguo Matadero Municipal de Madrid #SELFI y en Kunstkraftwerk Leipzig #selfie_leipzig, que trata sobre la percepción y la atención: “eso es el Selfi; a la espera de una imagen que tu lanzas a la espera de respuesta, del like, que parece que es una cosa banal, pero es un reconocimiento. Estás ahí, te quiero, que es al final lo que todos queremos escuchar”.

Este pasado domingo 18 de marzo la artista ha presentado una nueva instalación en torno al mismo tema del selfie en el Museo de Historia de Frankfurt: “El director dice que este museo es parte de los ciudadanos, que de alguna manera tienen que participar y hacerlo suyo, más interactivo, así que se le ha ocurrido sacar las estatuas a la calle. Es como abrir sus puertas y apostar por la idea de anti-museo o no de objetos muertos, sino de objetos vivos, con seres humanos en movimiento. Nuestra sociedad no está tan interesada en los objetos sino en los usos porque la cultura no es un objeto, es una convención y un uso. Lo que hacemos suele estar muy contaminado, es una convención en constante movimiento; lo que usamos y cómo lo usamos es dinámico. Por eso, el selfie es cómo nos vestimos, maquillamos, sonreímos, hablamos, cómo hacemos con las cosas de nuestro mundo, que es lo que más nos importa ahora”.

Su idea tiene que ver con las distintas lecturas que hacemos de las cosas. En este caso, algunas más profundas que la simple crítica al narcisismo a estar enganchados con las pantallas: “También para entender nuestra relación con la pantalla, ya que como ocurre en el mito de la caverna de Platón, estamos adocenados por la imagen que nos introduce, cómo se repite el programa sin ser capaces de salir a la luz del sol y vernos desde fuera. Veámonos desde fuera”.

Darya nos explica algunos detalles de la instalación, que consiste en doce estatuas ubicadas en el exterior del museo que se van iluminando en ráfagas de veinte segundos de duración, como una ola, permitiendo al público tomarse selfies de manera que quedarán grabadas al mismo tiempo su participación y sus reacciones. “El autoretrato o selfie nos permite compartir nuestra imagen, incluir con quien estamos,  lo que estamos haciendo y el lugar donde nos encontramos, con el grupo al que pertenecemos y en el que queremos, no solo ser tomados en cuenta, sino también ser aceptados. El hacernos un selfie en un museo nos da un plus”.

Terminamos la charla dejando la puerta abierta a esos nuevos caminos que nos propone, motivados a tratar descubrir lo que hay detrás de las convenciones en lo que hacemos o usamos. “Casi todo lo que nos rodea tiene algo que contarnos. El selfie es una imagen conversacional que se puede usar para hablar de nuestra naturaleza; esa es la tarea del artista”.

 

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